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ESTUDIO: Qué hacer con el cambio climático

Indur M. Goklany demuestra en este estudio que "La mejor manera que tiene el mundo de combatir el cambio climático y promover el bienestar, en especial el de las poblaciones más vulnerables, es reducir las vulnerabilidades actuales a problemas relacionados con el clima que podrían exacerbarse por el cambio climático".



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14 de mayo de 2008

Combustibles versus comestibles

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por Indur Goklany

Indur M. Goklany es un académico independiente, autor del nuevo estudio del Cato Institute Globalization and Human Well-Being”.

El llamado del presidente Bush a reducir dramáticamente las emisiones de gases de efecto invernadero refleja un aumento en su preocupación por las consecuencias del cambio climático. Pero, ¿qué hay de las consecuencias que traerá la respuesta del resto del mundo?

En los últimos años hemos escuchado que el cambio climático puede ser catastrófico para la naturaleza y la humanidad enteras. Pero cada día es más evidente que en las próximas décadas las políticas para prevenir el cambio climático podrían terminar siendo un remedio peor que la enfermedad. Han surgido protestas por la escasez y altos precios de los alimentos en Haití, México, Egipto, Costa de Marfil, Guinea, Mauritania, Camerún, Senegal, Uzbekistán y Yemen. Vietnam, Cambodia, India y Egipto han impuesto restricciones a sus exportaciones de arroz para disminuir los precios internos. Pakistán ha reinstaurado el racionamiento alimenticio, que también esta siendo tema de discusión en Bangladesh y rumorado en Sri Lanka.

Políticas supuestamente ambientales en EEUU y la Unión Europea (que subsidian la producción y el consumo de energías renovables como el etanol y el biodiesel), han hecho que cultivos como el maíz, la soya y el aceite de palma dejen de ser alimentos y pasen a ser utilizados como combustibles.

En conjunto, China e India constituyen el 40% de la población mundial. No hace mucho, estos países se encontraban al borde de la hambruna, pero ahora están experimentando un incremento en la demanda alimenticia gracias a años de crecimiento económico de casi dos dígitos. La energía—que es indispensable para producir fertilizantes, transportar alimentos y echar a andar maquinarias—ha alcanzado precios récord.

Según datos del Banco Mundial, para marzo de este año los precios de los granos se habían triplicado, los precios de los fertilizantes se habían quintuplicado y los precios de la energía se habían casi triplicado desde el año 2000. Tomando en cuenta solamente desde enero de este año, los precios de los alimentos se han incrementado en un 65%.

Estos picos en los precios alimenticios amenazan con destruir uno de los principales logros que ha tenido el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En los años cincuenta y sesenta, muchos temían que la hambruna era inevitable. En cambio, hemos presenciado una vasta reducción en la hambruna crónica, de un 37% de la población en los países subdesarrollados en 1970 a un 17% en el 2001. Esto a pesar de que la población mundial ha aumentado en un 83%.

El incremento en la productividad de la industria agrícola, el intercambio de productos alimenticios básicos y la ayuda de los países desarrollados, resultaron en una caída del 75% en los precios alimenticios mundiales después de 1950, volviendo accesibles varios alimentos para los miles de millones de personas que vivían en condiciones paupérrimas alrededor del mundo. El actual incremento acelerado en los precios de la comida amenaza con eliminar estos avances.

La conversión de terrenos de hábitat natural para la producción de cultivos ha sido por sí sola la mayor amenaza a la biodiversidad alrededor del planeta. Pero durante el último medio siglo, este legado de la agricultura mundial se ha casi estabilizado. Ahora incluso este avance se encuentra en riesgo.

Lo mismo que los subsidios estadounidenses causan en el etanol, lo causan los subsidios al biodiesel en la UE. Las políticas europeas han creado una demanda artificial para el biodiesel, que está provocando la eliminación de bosques con abundante biodiversidad en Malasia e Indonesia. Tanto en la UE como en los EEUU, terrenos que antes se reservaban para la conservación natural están siendo nuevamente utilizados con la excusa de satisfacer la demanda de la industria subsidiada de los biocombustibles.

Como resultado, la expansión agrícola incrementa la amenaza a ciertas especies de animales y lleva a mayores emisiones de carbón. Los fertilizantes utilizados para aumentar los rendimientos agrícolas también incrementan los desechos de nitrógeno en el agua y las emisiones de oxido nitroso—un gas de efecto invernadero que calienta la atmosfera 300 veces más que el dióxido de carbono.

Por lo tanto, aunque los biocombustibles producen un superávit energético, no constituyen necesariamente un beneficio ambiental. Peor aún, los altos precios en energía y comida reducen el ingreso extra disponible del consumidor, afectando desproporcionadamente a los más pobres.

Los remedios para el cambio climático pueden llegar a crear más pobreza, hambrunas y enfermedades, así como también un aumento en la destrucción ecológica—algunos de los infortunios que se supone que estas medidas evitarían. En nuestra lucha por combatir el calentamiento global, todavía tenemos que ponernos a pensar seriamente en los efectos secundarios que producen nuestras políticas. Los resultados han sido desastrosos, y siguen empeorando.